Todomonteria

En los últimos meses estamos asistiendo a una escena que, cuanto menos, resulta llamativa. Colectivos animalistas, tradicionalmente centrados en la defensa a ultranza de la fauna salvaje, han comenzado a alzar la voz contra la presencia del Lince ibérico en determinadas zonas, argumentando que depreda sobre gatos procedentes de colonias felinas.
La paradoja es evidente. El mismo depredador que durante décadas ha sido símbolo de conservación, recuperación y orgullo ambiental en España, hoy es señalado por quienes, en teoría, deberían celebrar su éxito. El Lince ibérico no ha cambiado. Sigue siendo un cazador oportunista, perfectamente adaptado a su entorno, que actúa conforme a su instinto y a las leyes naturales que rigen cualquier ecosistema funcional.

El caso de Cabañas de Yepes: cuando la naturaleza entra en el pueblo
Existe un caso reciente y muy mediático en España que ilustra perfectamente esta contradicción. En Cabañas de Yepes, un lince ibérico macho, bautizado como “Veneno”, ha generado un intenso debate social.
Este ejemplar joven se ha asentado en la zona, utilizando tanto el entorno natural como el casco urbano, donde ha sido observado cazando gatos domésticos y de colonias felinas. La situación ha provocado alarma entre vecinos y propietarios de mascotas, así como una reacción inmediata de colectivos animalistas que reclaman medidas para retirar al animal.

Sin embargo, la comunidad científica ofrece una visión muy distinta. Investigadores de la Estación Biológica de Doñana recuerdan que este comportamiento no solo es natural, sino ecológicamente coherente. El lince no distingue entre “mascotas” o “fauna”: identifica competidores y presas dentro de su territorio. Los gatos asilvestrados, de hecho, actúan como pequeños depredadores que afectan a aves, reptiles y otros elementos clave del ecosistema.

El conflicto, por tanto, no es biológico: es social.

El doble rasero: del gato al ganado
Porque mientras se exige retirar al lince por depredar gatos, esos mismos sectores guardan un silencio llamativo cuando el problema afecta a quienes viven y trabajan en el medio rural.

Hablamos del Lobo ibérico.
En amplias zonas de España donde históricamente ha existido ganadería extensiva, la presencia creciente del lobo está generando un conflicto real, tangible y sostenido en el tiempo. No se trata de percepciones ni de relatos ideológicos: hablamos de ataques a ovejas, terneros, vacas y otros animales que constituyen el sustento de miles de familias.
La ganadería extensiva no es solo una actividad económica. Es una herramienta de gestión del territorio. Mantiene los montes limpios, reduce el riesgo de incendios, fija población y conserva paisajes que, de otro modo, caerían en el abandono.
Sin embargo, cuando el daño lo sufre el ganadero, el discurso se vuelve ambiguo. Se habla de coexistencia, de adaptación, de medidas a largo plazo… mientras las pérdidas se acumulan en el presente.

Naturaleza sí, pero con coherencia
El caso de “Veneno” pone sobre la mesa una realidad incómoda: la naturaleza no entiende de sensibilidades selectivas.
El Lince ibérico actúa como lo que es: un depredador. Igual que el Lobo ibérico. La diferencia no está en los animales, sino en la percepción social del daño que causan.
Si el impacto afecta a colonias felinas, la reacción es inmediata y emocional.
Si afecta a explotaciones ganaderas, se convierte en un problema secundario, burocratizado y muchas veces invisibilizado.

Porqué cuando ellos les conviene, la naturaleza se regula sola. Ahora con el caso de ese lince ya sí hay que intervenir. Resulta llamativo que, según el contexto, se defienda la autorregulación de la naturaleza o se reclame la intervención inmediata. Esa incoherencia es, precisamente, uno de los grandes problemas en la gestión actual de la fauna. Esa es la contradicción.

Conservar también es respetar a quien cuida el campo
La situación legal tampoco es sencilla. El Lince ibérico es una especie protegida, y su recuperación es uno de los mayores éxitos de la conservación en Europa. Gestionar estos conflictos sin poner en riesgo ese logro exige rigor, conocimiento y, sobre todo, coherencia.
Porque conservar no puede significar imponer desde la distancia una visión idealizada del campo. La biodiversidad no se sostiene sola: necesita de quienes viven en el territorio.

Ganaderos, agricultores, guardas rurales… son ellos quienes mantienen el equilibrio real, no el teórico.
Y sin ellos, el campo no será más salvaje. Será simplemente un lugar abandonado.


Víctor Villalobos
Guarda Rural | Técnico de Seguridad y Medio Ambiente | Director de Seguridad